Juan había tenido una vida llena de bondad y buenas acciones hacía los demás, de forma que cuando murió, fue al Cielo directamente. Le recibió San Pedro ataviado con una túnica blanca, dentro de una enorme sala blanca, con muebles blancos. El aire limpio de la estancía al respirarlo, olía a flores silvestres y siempre se escuchaba de fondo una música celestial, seguramente cantada y grabada de un coro de ángeles.
Díjole S. Pedro a Juan:
-"Hijo mio has sido muy bueno y por tanto ahora te corresponde un premio celestial. Serás Ángel de Dios durante varios siglos"- Dicho esto, pasaron a una sala enorme dónde se formaban a los nuevos ángeles. Juan oía los gritos y gemidos de los aspirantes a ángeles. Se fijó que a uno le estaban taladrando la cabeza con un cíncel, (blanco naturalmente) y no lejos de allí, distinguió a otro al que taladraban la espalda con sendos agujeros. ¡Qué barbaridad exclamó! dirigiéndose a San Pedro, que le contestó: -"no te asustes pero para poner la corona de santo y las alas, hay que sujetarlas con unos engarces y, claro, hay que hacer un boquete y eso duele, a veces pasan meses hasta que cicatriza bien la herida"
- Pues vaya mierda, hostias, debe doler un cojón- respodió Juan.
Al escuchar estas palabras, San Pedro le miró con inquina y le dijo: "Has profanado este santo lugar con palabrotas terrenales. No lo vuelvas hacer que puedes ir al infierno ¿sabes?"-
-¿Y qué me pasaría en el infierno, preguntó Juan?- Pues, usando tus palabrotas terrenales y para que me entiendas mejor, en el infierno te dan por el culo-
A lo que Juan contestó, bien pero el agujero ya lo tengo hecho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario